El rugido de los amplificadores, el sustain u overdrive de las Strato o las Les Paul, aquel sonido que definía a leyendas como AC/DC, Aerosmith o Deep Purple, se apaga. Mientras las viejas glorias cuelgan las guitarras, el panorama ha sido invadido por una marea sintética. Pero, ¿estamos ante una evolución o ante el vaciado de un concepto?
Existe una postura, cada vez más firme, que cuestiona si podemos llamar "música" a lo que hoy domina las listas. Si nos ceñimos a la definición técnica, la música es una arquitectura precisa que requiere de elementos como ritmo, melodía y armonía.
Un loop infinito de una caja de ritmos, sobre el cual se recitan versos, requiere destreza y es un fenómeno respetable; cualquiera admitiría la dificultad de mantener ese pulso, es cierto. Pero si despojamos a la obra de la armonía —ese soporte tonal que da profundidad— y de una estructura melódica real, ¿qué queda? Estamos ante un producto de entretenimiento rítmico, pero difícilmente ante música en el sentido estricto del término.
La liturgia del riesgo: cuando el escenario era un campo de batalla
El rock no era solo sonido; era un acto de supervivencia. La puesta en escena de bandas legendarias era la manifestación física de esa entrega: Iggy Pop lanzándose en plancha al vacío, confiando su cuerpo al público; el caos catártico de destrozar una guitarra contra el amplificador, o los músicos revolcándose en el suelo, sudando la melodía.
Incluso, sin ánimo de hacer apología, debemos recordar el uso de estupefacientes en aquella época como un elemento intrínseco a esa estética de "vivir al límite". Aquellos excesos formaban parte de un estilo de vida que buscaba romper los diques de lo convencional, convirtiendo el concierto en un evento orgánico, peligroso e irrepetible. Hoy, ante la perfección aséptica y corregida por autotune de los nuevos macroconciertos, esa liturgia ha desaparecido.
La resistencia: el instinto sobrevive
Aunque la industria intentó enterrar el hardware tradicional, años atrás con el declive por ejemplo en ventas de guitarras eléctricas en favor de lo sintético, el instinto sobrevive. En los festivales locales y en nuevas voces, el rock sigue respirando como un acto de rebeldía.
Artistas como Yungblud no vienen a pedir permiso. Herederos de esa energía, traen de vuelta esa electricidad que nada tiene que envidiar a las leyendas. Ellos demuestran que el rock no es una reliquia, sino una actitud: el rechazo a la comodidad de las secuencias grabadas y el compromiso con la música y el sonido real, ese que requiere instrumentos que tienen el poder de conmover precisamente por su imperfección humana.
Un nuevo capítulo o el adiós a la armonía
Quizás el rock no esté muriendo, simplemente ha pasado a ser el refugio de quienes aún buscamos que el ruido tenga alma, intención y armonía. Mientras sigamos necesitando que la música sea algo que nuestro cerebro no solo procese, sino que sienta en su estructura técnica, buscaremos esa chispa que el código binario —por muy pegadizo que sea— jamás podrá replicar.
Texto: José Ramón.