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A las tres de la tarde ya había gente apostada junto a la entrada. Alicante estaba a esa temperatura en la que sudar y respirar vienen a ser igual de naturales, y allí seguían, pegados a la pared, aferrados a una mediosombra, esperando una puerta que no iba a abrirse hasta dentro de cinco horas. Muchos habían llegado de las islas, que para estas cosas parecen hechos de un material indestructible. Auténticos supervivientes, dispuestos a aguantar lo que hiciera falta con tal de besar la primera fila. Esa ansiada fila era cara, carísima, pagada literalmente con el sudor de tu cuerpo y casi de tu alma.
Y es que la semana venía ya muy caliente después de dos actuaciones deslumbrantes en Cádiz y con el estreno en directo de dos temas nuevos, así, a bocajarro, a mano abierta, sin avisar: las cuentas IG de los fontainers eran un avispero.
Horas después, El Muelle Live presentaba un sold out sin llegar a resultar asfixiante. Al menos en la zona delantera, el público era joven, muy joven: mucha gente de veinte a treinta años llegada de fuera. Británicos, irlandeses y seguidores de otros lugares que habían viajado expresamente hasta aquí. Tranquilos, amables, perfectamente mimetizados con el entorno, con la ciudad y con el recinto manteniendo una extraña calma. Me sorprendieron.
La Milagrosa apareció puntual —tomen nota— y con una naturalidad chocante. Sueltos, sin rastro de presión ni incomodidad ante un recinto lleno de gente que no había ido por ellos. Impecables técnicamente, resolutivos, descarados y con mala idea. No son exactamente de mi estilo musical, pero me despertaron curiosidad: detrás de aquella inocencia poprock se escondía algo más eléctrico, algo más incisivo, difícil de explicar y que todavía hoy tiene algo de magnético. Sostener esa actitud y desparpajo delante de una muchedumbre prestada, impaciente y que habla otro idioma tiene mérito, y bastante.
Fontaines D.C. se hicieron esperar quince minutos, por si a alguien le quedaba alguna duda sobre quién mandaba allí. A las 22:15 aparecieron y «Boys in the Better Land» terminó con la espera de un modo arrollador.
Y al acabar el primer tema, Chatten se subió al cajón. Y ahí se quedó. Quieto.
Afiló la mirada por encima de las cabezas y se puso a leer lo que tenía delante. No pidió aplausos ni gritó el nombre de la ciudad. Estaba buscando sangre. Quién había ido a volar y quién a mirar el móvil, por qué lado iba a partirse aquello, de qué tamaño iba a ser el festín, cuánto se podía morder.
Escrito parece simple, natural. Ponte tú. La mayoría no aguanta ese momento: lo rellena. Sonríe, pide palmas, se da la vuelta, mira hacia el suelo, hace cualquier cosa con las manos para no estar solo delante de varios miles de personas. Rellenar es la salida fácil y casi siempre funciona. Quedarse quieto, no.
Cuarto minuto de concierto. Todavía no había pasado nada y ya estaba todo dicho.
A partir de ahí, el sonido. Impecable, muy alto y muy nítido. Ningún instrumento sobresalía, ninguno quedaba enterrado. No hubo tanteo inicial ni esos dos o tres temas que algunas bandas necesitan para encontrar ese punto dulce con el técnico de sonido y que el respetable suele pagar religiosamente: salieron con el sonido armado, afilado y dispuestos a usarlo. Saltos, gritos, coros, adrenalina. Nadie estaba esperando a que aquello mejorara, porque aquello ya había empezado arriba.
Pero uno de los grandes méritos de la noche fue que la intensidad no dependió de la velocidad. El repertorio alternó los temas más enérgicos con los más tranquilos manteniendo en todo momento el equilibrio emocional. Hay bandas que en su zona lenta se atascan: el concierto se vuelve pantanoso, las bajas revoluciones terminan sacándote del ritual de un buen directo y luego son necesarias tres canciones y algunos tragos para recuperar el terreno perdido. Fontaines D.C. podían reducir la velocidad sin levantar el pie de la tensión. Buena parte de la responsabilidad era de Chatten, capaz de sacar energía de los pasajes más pausados: de un gesto, de la manera de escupir una frase, de la forma de deslizarse por el escenario. La música bajaba el pulso; él no.
Detrás funcionaba una maquinaria engrasada. Apenas unos segundos entre canción y canción. Ni miradas de duda, ni búsquedas de aprobación, ni nadie resolviendo sobre la marcha qué venía después. Todo medido e interiorizado. Aquello hablaba de muchas horas de ensayo y de otra cosa más importante: ambición. Lo que vi en Alicante fue un grupo que quiere llenar estadios y se está preparando en serio para conseguirlo. No a base de campañas, vídeos virales ni montañas de likes, sino de canciones, actitud y oficio. No vi a una banda preguntándose si estaba lista para dar ese salto. Vi a una banda ensayando cómo darlo.
Una banda así ya no se rompe. Lo que no sé todavía es si algo que no se rompe puede seguir mordiendo.
Visualmente, todo fue sobrio y bastante clásico, con cierto aire ochentero. Ni grandes pantallas, ni videoclips, ni una avalancha de efectos empeñados en explicarle al público lo que debía sentir. Al fondo, las iniciales de la banda presidiendo el escenario mientras el color cambiaba a su alrededor. La iluminación, en cambio, estaba muy trabajada. Cada cambio parecía responder a lo que ocurría en los instrumentos, en la voz o alrededor del micrófono. No era iluminación para lucir iluminación, deporte nacional en el que compite media industria. Sobriedad no es pobreza cuando todo lo que aparece tiene la función de darle brillo a lo que sucede ahí abajo. Solo los grandes de verdad renuncian al fotogénico confeti.
Entre los músicos había distintos grados de expresividad, y eché en falta ver más a Tom Coll. El batería quedaba demasiado escondido, en régimen de testigo protegido. Personalmente me gusta ver a los bateristas en el campo de batalla, verlos golpear caja, toms, bombo y platos, ver ese trabajo físico que sostiene e impulsa a mamporrazos buena parte de lo que está pasando. No fue un problema musical —su ejecución resultó incuestionable—, pero sí una ausencia visual.
El repertorio llegó a las diecinueve canciones y sumó «Roy's Tune» a la estructura presentada en Cádiz. También reservó un sitio destacado a los dos temas nuevos, «Marianne» y «Six Shot Morning», responsables de buena parte del ruido de aquellos días. Los dos siguen sonando inequívocamente a Fontaines D.C., pero no apuntan en la misma dirección que todo lo demás: atmosféricos, elaborados, progresivos, con bastante profundidad compositiva. Ganan densidad y carga emotiva a medida que van acumulando capas. A cambio, quizá pierdan algo de inmediatez y de chispa. Y esto no tiene por qué ser bueno ni malo; moverse consiste en acercarse a unas cosas y alejarse de otras. Habrá que escuchar las versiones definitivas de estudio, pero sobre el escenario dejaron esta primera impresión: siguen siendo Fontaines, aunque unos Fontaines que parecen necesitar más espacio para decir las cosas. Crecer también es eso: comprar metros cuadrados y explorar nuevos territorios.
El bis comprimió el concierto entero en tres canciones. «Six Shot Morning», «I Love You» y «Starburster». No fue una propina ni un apéndice, fue el resumen. La primera nota de «Starburster» bastó para arrancarle un rugido al recinto, y ahí ya no hubo nada que buscar: el animal estaba herido, sangrando y entregado. Chatten fue a por él.
Allí terminaron de vaciarse. Y allí terminamos de vaciarnos, sin reproches y sin excusas. Noventa y cinco minutos que no se hicieron largos, tampoco cortos: se hicieron eternos. El concierto terminó como había empezado, arriba.
Y ahí está una de las grandes diferencias entre un festival y el concierto propio de una banda. En un festival siempre hay curiosos, espectadores accidentales y gente esperando al artista siguiente con cara de estar cumpliendo un trámite. En Alicante no había nadie de paso. La banda, los músicos y todo lo que respiraba a su alrededor habían ido a jugar a lo mismo.
Sobre aquel escenario había una banda sólida, precisa, perfectamente engrasada. Y en medio, deambulando, algo que no terminaba de encajar con tanta precisión.
Chatten no cantaba las canciones: las arrastraba por todo el cuerpo. Caminaba, acechaba, mordía las estrofas, se detenía y volvía a moverse como quien conoce perfectamente los límites de su jaula y sigue buscando por dónde romperla. Incluso en los temas lentos mantenía la amenaza, esa sensación de que algo podía pasar en cualquier momento y de que el escenario, el recinto o la ciudad aquella noche se le quedaban pequeños.
He visto esa clase de autoridad en músicos que llevan décadas arriba. Nick Cave, Brett Anderson o Alex Kapranos han tenido tiempo de aprender a usar cada gesto, cada pausa y cada centímetro disponible. Chatten tiene 31 años y llevará solo seis o siete subiéndose a escenarios de más de un metro de altura. Le queda media carrera para adquirir esa autoridad y ya la gasta como si la hubiera heredado.
Todo estaba anunciado desde aquel cajón. Aquella noche no salió a gustar: salió a buscar sangre. Y se la dimos, pero no a cualquiera ni a cualquier precio.
No sé si Fontaines D.C. llenarán estadios. Después de Alicante es difícil imaginar que no lo harán. Da lo mismo. De aquella noche queda algo más sencillo: dentro de esa banda perfectamente calculada vive una cosa que todavía no ha sido domesticada y ni pretende serlo.
Y tiene hambre.