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Jamás imaginé que tantos años de entrenamiento de trail running me iban a servir para algo tan concreto como ser el primero en entrar al Canela Party un jueves y el último en salir el sábado, intentando estar presente en absolutamente todo y recurriendo solamente a drogas tan duras como la cafeína.
Agotador y enriquecedor. Como decía un colega, destroza el cuerpo y revitaliza el alma.
Y quizá por eso mismo, por haber estado tantas horas dentro, uno acaba viendo el festival no solo desde el escenario. También desde los pasillos, las barras, los baños, los fosos, las zonas de comida, los cambios de escenario y esos pequeños detalles que normalmente no aparecen en un cartel.
Hay una cosa que he aprendido después de unos cuantos festivales: lo que funciona bien casi nunca se recuerda. Lo que funciona mal, sí, no para de darte vueltas por la cabeza. Por ejemplo:
Una cola de veinte minutos para pedir una cerveza molesta. Una cola enorme para entrar empieza a cabrear. Y una cola interminable para ir al baño puede convertir una tarde maravillosa en una experiencia miserable. Luego puede tocar tu grupo favorito y sonar como los ángeles, pero hay ciertas incomodidades que se quedan adheridas al recuerdo y suelen pesar más que todas las cosas maravillosas vividas.
En Canela, este año, esas tres colas prácticamente no existieron.
Y eso tiene más mérito del que parece.
Hace tres años recuerdo perfectamente los problemas para entrar. Esta vez no. Tampoco vi grandes esperas en barras ni una situación problemática con los baños. Son aspectos poco glamurosos sobre los que nadie escribe cuando funcionan, pero que todavía hoy son puntos débiles de festivales mucho mayores y con muchos más recursos. Por la razón que sea, son cuestiones logísticas que no siempre parecen estar entre las prioridades: la caja manda, y cada euro que entra se celebra bastante más que cada euro que tiene que salir para hacerle la vida un poco más fácil al público. A veces da la impresión de que algunos organizadores especialmente entregados a la hoja de cálculo no beben, no comen y, ejem, tampoco necesitan ir al baño.
Ahí Canela ha crecido y juega ya en un nivel muy alto.
Y a eso sumaría algo menos medible, pero igual de importante: el trato. Desde la gente de las pulseras y el personal de entrada hasta quienes estaban detrás de las barras o los guardias de seguridad, encontré siempre cercanía, amabilidad y buena disposición. Es algo digno de mención; después de muchas horas dentro de un festival se nota muchísimo cuando delante tienes a alguien que te atiende como una persona y no como al siguiente individuo de una cola. En Canela esa sensación de trato cercano estuvo presente durante los tres días.
El recinto, sin embargo, produce otra sensación al entrar. Es austero. Espartano, incluso. No diría en ningún caso que está descuidado, porque no es eso. Está poco aderezado. Poco construido visualmente. Hay bastante espacio desnudo y pocas concesiones a esa idea contemporánea de festival convertido en parque temático multiaventura para adultos.
Imagino que parte de esa austeridad forma parte de su propia naturaleza y, al fin y al cabo, da igual porque vamos a lo que vamos: escuchar música.
Canela no parece especialmente interesado en llenar cada rincón de activaciones comerciales, photocalls, estructuras patrocinadas y objetos de colores destinados a que alguien pose delante con una copa en la mano. Y eso tiene un precio, claro: visualmente el recinto puede parecer algo yermo, una especie de formato low visual.
Pero también tiene una recompensa que a veces se nos pasa por alto, y es que simplemente sigues teniendo la sensación de estar en un festival de música, punto.
Quizá algo más de iluminación en las zonas alejadas de los escenarios habría ayudado. Especialmente por la noche tuve varias veces la sensación de que fuera del núcleo de los conciertos faltaba algo de luz. No es un problema dramático, pero sí contribuye a esa impresión general de austeridad.
La zona de restauración la utilicé poco, así que tampoco sería muy serio hacer una evaluación exhaustiva. Mi impresión fue buena: variedad suficiente, mesas para sentarse, ausencia de grandes aglomeraciones y ninguna carencia especialmente llamativa.
Y café.
Puede parecer una estupidez hasta que llevas cinco horas en un festival y eres un cafetero auténtico, de espresso sin azúcar. Canela tiene puesto de café y yo eso lo considero prácticamente infraestructura crítica y un motivo para encadenarme a un árbol si, por lo que sea, el año que viene este cabeza de cartel se cae.
La distribución del recinto, en cambio, me parece francamente buena.
Dos escenarios muy cercanos, colocados aproximadamente en L, permiten ejecutar perfectamente una de las características esenciales del festival: termina un concierto y comienza inmediatamente el siguiente.
Sobre el papel, esa mecánica debería generar auténticas migraciones humanas. Miles de personas desplazándose prácticamente a la vez de un escenario al otro, mientras otras permanecen comiendo, pidiendo algo o circulando en dirección contraria.
Y, sin embargo, funciona.
No recuerdo sentirme atrapado entre la gente, ni tener que abrirme paso desesperadamente, ni pensar que no iba a llegar al siguiente concierto. El espacio absorbe esos movimientos con una naturalidad sorprendente.
Eso no ocurre por casualidad.
Es una de esas decisiones de diseño que probablemente nadie comenta precisamente porque funciona.
Y entonces llegamos al sonido.
Aquí la cosa cambia.
Porque probablemente sea el aspecto más irregular de todo el festival.
Hubo conciertos que sonaron razonablemente bien y otros que sonaron francamente mal. Y lo peor no era tanto que el sonido fuese malo de forma sistemática, sino que resultaba imprevisible.
No sabías exactamente qué te ibas a encontrar.
El jueves fue especialmente complicado, aunque aquel día había viento y cualquiera que haya trabajado mínimamente alrededor de un escenario al aire libre sabe que el viento puede convertir el sonido en una criatura bastante caprichosa.
Pero la irregularidad no desapareció por completo ni el viernes ni el sábado.
Y no parece que fuese únicamente una percepción mía. Algunas de las crónicas publicadas después del festival señalaron problemas concretos. En Basement se habló de un comienzo en el que el sonido no terminaba de llegar, con una guitarra demasiado baja y una batería que aparecía incompleta. Sobre Melody’s Echo Chamber se señaló una voz demasiado hundida en la mezcla, por poner dos ejemplos.
Curiosamente, otras crónicas describieron alguno de esos mismos conciertos en términos mucho más favorables. Y quizá ahí esté precisamente parte de la explicación: un sonido no necesariamente malo de forma constante, sino muy dependiente del momento, del lugar desde el que escuchabas y, especialmente el jueves, de las condiciones del viento.
En ese aspecto, Canela todavía está un escalón por debajo de festivales con mayor presupuesto y respaldo comercial. Es una comparación quizá injusta, porque festivales como Warm Up u otros proyectos consolidados parten de condiciones económicas y técnicas diferentes.
Pero la diferencia existe.
En algunos momentos tuve incluso la impresión de que conseguir que un concierto sonase bien dependía demasiado de la habilidad del técnico para resolver una situación complicada y no tanto de una infraestructura que garantizase cierta regularidad. Que, ojo, también es una solución legítima.
Y en un festival donde la música ocupa un lugar tan central, ese probablemente sea uno de los puntos donde más margen de crecimiento existe.
Porque precisamente ahí aparece la gran paradoja de Canela.
Estamos ante un festival que, para cierta generación, empieza a representar algo bastante más importante que simplemente otro fin de semana de conciertos.
Los que ahora rondamos los cuarenta o cincuenta años vivimos otra época.
Crecimos viendo nacer aquel primer FIB de los hermanos Morán. Un festival que durante años nos hizo descubrir grupos, viajar, encontrarnos con gente y entender que un cartel podía ser algo más que una suma de nombres grandes colocados estratégicamente para vender abonos.
Luego pasó lo que pasa casi siempre.
Cambios empresariales, ventas, fondos de inversión, crecimiento, transformación del modelo.
Y muchos nos quedamos un poco huérfanos de aquel FIB.
No porque dejara necesariamente de ser un gran festival, sino porque dejó de ser nuestro festival.
Salvando todas las distancias posibles —de tamaño, historia, presupuesto y también de línea editorial—, hay algo en Canela que recuerda a aquella sensación.
No es exactamente la misma música, aunque existen bastantes vasos comunicantes.
Es más bien una cuestión de actitud.
La sensación de que alguien está construyendo un cartel porque cree en esos grupos.
De que existe una línea editorial.
De que hay curiosidad.
De que todavía importa quién toca antes de empezar a pensar cuánto puede facturar cada metro cuadrado del recinto.
De pensar que quien está detrás ama la música y posiblemente esté a tu lado coreando las canciones.
Y quizá eso explique parte del vínculo que se está generando alrededor del festival.
Canela conserva algo que empieza a ser raro y exclusivo: personalidad.
Eso no significa que todo deba quedarse exactamente como está. Precisamente porque el festival está creciendo tendrá que decidir qué cosas quiere mejorar sin perder aquello que lo hace reconocible.
La experiencia de prensa es un buen ejemplo.
Trabajar como fotógrafo fue fácil. Mucho.
La organización facilitó accesos, entrada a los fosos y movimiento durante los conciertos. Nunca tuve la sensación de estar peleándome con una estructura burocrática absurda para poder hacer mi trabajo.
Y eso se agradece muchísimo.
Sí eché de menos, sin embargo, una zona de prensa.
Un espacio sencillo donde sentarse un rato, abrir el portátil, descargar fotografías, redactar unas líneas o simplemente descansar durante jornadas tan largas.
Es algo que ya he encontrado en festivales como Warm Up o Degusta Fest y que aquí tendría bastante sentido.
No hace falta una sala VIP con canapés. Una mesa, una silla, electricidad y algo de luz pueden cambiar bastante la vida de alguien que lleva doce horas trabajando (y disfrutando).
Son detalles. Pero quizá precisamente de detalles vaya el futuro del Canela.
No necesita convertirse en un macrofestival.
No necesita cubrir cada pared con logotipos.
No necesita necesariamente parecer más grande.
Lo que probablemente necesita es seguir afinando aquello que ya funciona, corregir lo que todavía resulta irregular y crecer sin permitir que el crecimiento devore su propia identidad.
Porque festivales capaces de vender muchas entradas hay bastantes.
Festivales capaces de hacerte sentir que estás descubriendo algo son muchos menos.
Quizá por eso algunos, después de muchos años un poco huérfanos, hemos vuelto a tener un festival que sentimos como nuestro y que, aunque carezca de aquel entrañable pasillo perroflauta, nos recuerda inevitablemente a aquellos primeros FIB.