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Existen bandas que sobreviven actualizándose y dejándose llevar, y otras que atraviesan el tiempo y el espacio de este universo musical sin dar demasiadas explicaciones. The Sisters of Mercy pertenecen claramente a este segundo grupo. Desde Leeds, Andrew Eldritch ha levantado una de las mitologías más resistentes del rock oscuro: tres discos de estudio, una caja de ritmos convertida en miembro fantasma, toneladas de humo, bajos hipnóticos, guitarras tensas y una relación con el presente cuanto menos exótica.
La historia oficial se sostiene sobre un catálogo breve pero enorme: First And Last And Always —1985, Merciful Release/WEA—, Floodland —1987, Merciful Release/WEA— y Vision Thing —1990, Merciful Release/EastWest—. Desde entonces, ningún nuevo álbum de estudio. Y ahí empieza una de las grandes rarezas de Sisters: pocas bandas han construido una presencia tan sólida desde un silencio discográfico tan largo. Lo normal habría sido convertirse en piezas de un fabuloso museo gótico. Lo extraño es que sigan funcionando como una máquina antigua que todavía desprende calor y tiene alma.
Granada los recibe, además, en un momento especialmente interesante. En marzo, el festival checo Brutal Assault anunció que The Sisters of Mercy cancelaban su actuación porque la banda había adelantado el calendario de grabación de su nuevo álbum. Paren las rotativas: no hay fecha, título ni confirmación cerrada de lanzamiento, y ni siquiera sabemos hasta dónde llega exactamente la explicación pública del festival checo. Pero ya sabemos cómo funciona esto: el dato existe y basta para agitar uno de los grandes enigmas del dark rock alternativo, la posibilidad de que, después de más de tres décadas, Eldritch vuelva realmente al estudio.
Mientras ese disco entra o no entra en el terreno de lo real, el directo sigue siendo lo único a lo que aferrarse. The Sisters llevan años incorporando canciones nuevas que no han pasado por un álbum oficial, pero que ya forman parte del lenguaje reciente de la banda: I Will Call You, But Genevieve, Eyes of Caligula, When I’m On Fire, Quantum Baby, Don’t Drive On Ice, On The Beach o There’s A Door, entre otras, aparecen recogidas en la propia página oficial del grupo como parte de ese repertorio flotante que crece fuera de la lógica de la industria del disco.
Esa es quizá la mejor manera de entender a The Sisters of Mercy en 2026: como una exótica anomalía. Siguen tocando canciones que ya pertenecen al subsuelo sentimental de varias generaciones —This Corrosion, Lucretia My Reflection, Temple of Love, Dominion / Mother Russia, Alice, Marian, More—, pero las mezclan con material nuevo que existe casi como criaturas de directo. No publican como los demás, no comunican como los demás y, desde luego, no parecen interesados en comportarse como los demás.
Su propia web oficial lo resume mejor que cualquier nota promocional: se definen como una banda de rock’n’roll, una banda pop y una “industrial groove machine”; también admiten, con ese humor seco tan de la casa, que hacen discos “a veces” y dan conciertos “a veces”. Hay páginas oficiales que informan. La de The Sisters of Mercy parece más bien un conjunto de disclaimers.
Y en el centro de toda esta oscura singularidad sigue Andrew Eldritch: voz, imagen, avatar, genio y figura, rodeado de una arquitectura sonora que forma parte esencial del mito. En otras bandas, la caja de ritmos sería una herramienta. En Sisters es casi un tótem: un corazón mecánico que empuja canciones hechas de sombra, deseo, ironía y electricidad.
El 26 de septiembre, Industrial Copera recibirá a una banda histórica y a una rareza en funcionamiento: un grupo que ha convertido el silencio discográfico en forma de vida y liturgia, que sigue alimentando su repertorio al margen de las reglas normales y que todavía puede hacer que humo, bajo, voz y máquina parezcan algo cercano a un excitante aquelarre.
Algunas bandas envejecen. Otras flotan en su propio limbo.