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Los seis integrantes de Man/Woman/Chainsaw posan en una habitación iluminada en tonos naranjas
Fotografía promocional: Charlie & Charlie.

Billy Ward y Vera Leppänen empezaron a hacer música juntos en 2019, con catorce años y en el mismo colegio. Han tardado siete en publicar un álbum. Por el camino, un debut sobre un escenario a los dieciséis, salas pequeñas, festivales, giras y bolos improvisados: un rodaje de kilómetros que la mayoría de bandas acumula después del debut discográfico, no antes.

Alrededor de Billy y Vera fue creciendo una formación de line-up cambiante, que no se asentó hasta 2023 y que hoy completan la pianista Emmie-Mae Avery, el guitarrista Billy Doyle, la batería Lola Cherry y la violinista Clio Starwood. Todos menos Starwood salieron del mismo colegio; Avery se incorporó después de ver a una encarnación temprana del grupo en el que fue su primer concierto, le dijeron que se subiera a tocar teclas y ya no se bajó. Guitarras, piano, sintetizadores, batería, voces y ese violín acabaron formando una maquinaria difícil de clasificar. Nacidos en la escena experimental del sur de Londres, The Guardian los situó pronto junto a la generación alimentada por Black Country, New Road y black midi, aunque ya entonces asomaba algo propio: la búsqueda de esa exquisita frontera entre lo hermoso y lo ruidoso. Y es ahí, en esa delicada línea, donde se sienten más cómodos.

Sus conciertos se han ganado fama por los cambios bruscos de dinámica, canciones que arrancan como piezas de cámara y terminan sepultadas bajo guitarras, violines violentos y distorsión, miembros que se intercambian el protagonismo y la sensación permanente de que alguien la va a liar. Tampoco se molestan mucho en tapar las costuras: el error, la mirada entre músicos, silencios, o una pequeña desviación acaban formando parte de la interpretación.

La explicación está en su propia historia. Man/Woman/Chainsaw crecieron tocando. Mucho. El EP Eazy Peazy, de 2024, empezó a poner nombre a lo que ya pasaba en los escenarios. "Ode to Clio" servía de ejemplo: delicadeza inicial, crecimiento progresivo y una parte final prácticamente punk empujada por el violín, una canción que muta mientras avanza en lugar de encajar bloques.

Debajo de esa aparente colisión hay arreglos complejos, melodías y un componente pop cada vez más evidente. Esa evolución se ha materializado en Cannonball, su primer larga duración, publicado el 7 de agosto a través de Fiction Records. Lo han producido Margo Broom, relacionada con Fat White Family y Big Joanie, y Seth Evans, colaborador de Geordie Greep y black midi. Once canciones que confirman que aquí ya no se trata solo de perfeccionar el caos de los primeros años: ahora quieren canciones grandes.

Portada de Cannonball de Man/Woman/Chainsaw, con una habitación iluminada en naranja
Portada oficial de Cannonball: Man/Woman/Chainsaw · Fiction Records.

Ahí están "Only Girl", "Nosedive" o la magníficamente titulada "Goddamn, Lizard Man!". Las estructuras siguen esquivando el camino convencional, pero los estribillos crecen, las melodías ocupan más espacio y la banda juega con una contradicción interesante: cómo hacerse más accesible sin domesticarse.

"Nosedive", con sus seis minutos largos, es la mejor muestra de esa nueva escala. Se desarrolla despacio hasta convertirse en algo mucho mayor que el punto del que parte. La propia banda ha presentado el lanzamiento de Cannonball como la culminación de años de gira y de una escritura construida alrededor de estructuras poco previsibles y coros enormes.

Para entenderlos, eso sí, hay que volver al escenario. El propio Ward lo ha explicado sin muchas vueltas: se mueven en la línea fina entre lo bonito y lo ruidoso, saltando de una cosa a otra, y es ese caos lo que les excita. Esa combinación de violencia sonora y fragilidad explica más que cualquiera de las etiquetas que se les cuelgan: art rock, post-punk, noise rock.

Man/Woman/Chainsaw actúan el jueves 27 de agosto en el Canela Party de Torremolinos, compartiendo jornada con Unknown Mortal Orchestra, The Beths, Melody's Echo Chamber, Maruja, Basement o Baiuca. Con esos nombres alrededor puede pasar desapercibido, pero son una de las joyas escondidas del cartel de este año. Después se van a Bélgica y a una gira británica que acaba en el Electric Ballroom de Londres, antes de cruzar a Estados Unidos en otoño.

Cuando pisen el Canela habrán pasado veinte días desde la publicación de Cannonball. Llegan todavía descubriendo qué pueden hacer esas canciones sobre un escenario, y tratándose de un grupo que ha usado el directo como laboratorio, la variable es golosa. Que son capaces de montar una buena tormenta de ruido está acreditado. Lo que está por ver es qué pasa cuando una banda que aprendió a crecer dentro del caos descubre que también sabe escribir canciones enormes.