Tendría dieciséis o diecisiete años. Una de esas noches de instituto en las que salir no era un plan: era el único plan. Almería, viernes, la zona de los pubs, los amigos de siempre, alguna cerveza, algún cubata, entrar en un sitio y salir de otro sin saber muy bien cuándo habíamos cambiado de bar. Y así, rodando de carambola en carambola, zarandeados por el ambiente, acabamos en el Vértice, aquel pub mítico de las Cuatro Calles que, más de treinta años después, sigue abierto.
A pesar de toda la bruma y el espesor con que esas noches etílicas envuelven los recuerdos, soy capaz de recordar con absoluta nitidez el momento exacto de cruzar la puerta y sentir cómo se cerraba detrás de mí.
Algo me atravesó.
Me quedé en estado de shock, clavado a dos metros de la entrada, como si alguien hubiera cortado de golpe la cuerda que me mantenía unido a la noche. Todo se volvió borroso: mis amigos, la gente, el alcohol, las paredes. Solo quedaba aquello sonando, llenándolo todo: el espacio, mi cabeza, mis sentidos, los pulmones.
No sabía qué era. No sabía quién cantaba. No sabía de dónde salía aquella mezcla rara de fragilidad, rabia y belleza. Tampoco me importó en absoluto no saberlo. Durante unos minutos me quedé allí parado, suspendido, soñando dentro de una canción, dentro de un sonido, dentro de unas notas vibrantes y eléctricas. Como si aquello no estuviera sonando en el pub, sino en algún sitio mucho más adentro, en el centro mismo de algo que nunca llegué a comprender.
Cuando terminó, volví un poco al mundo y la noche cayó otra vez como una cortina de plomo.
Pero me quedé con una pregunta muy simple dando vueltas:
¿Qué coño era eso?
Lo supe después, no sé si días, semanas o meses más tarde. Daba igual: era Creep, de Radiohead.
Lo curioso, visto ahora, es que lo importante no fue el descubrimiento de una canción. Yo ya escuchaba mucha música, ya tenía mis grupos y mis canciones, cosas que me siguen gustando hoy en día. No se me abrió la música desde cero. Ya estaba curtido en eso, o al menos así lo creía.
Fue otra clase de puerta.
Aquella noche murió una forma de escuchar. Aquella canción abrió una grieta. Me enseñó que algo podía sonar en un pub cualquiera, en mitad de una noche cualquiera, y aun así atravesarte a bocajarro, sin avisar, como un puñetazo en el estómago, como si llevara años buscándote precisamente a ti.
No fue solo placer: fue físico. La sospecha repentina de que la música podía desordenarme, voltearme, dejarme en suspensión, partirme una noche en dos.
No murió mi forma adolescente de entender la música. Eso habría sido injusto: aquella etapa también era hermosa, intensa y necesaria. Murió otra cosa. Murió una manera de ponerme delante de ella, de enfrentarme a ella. Y nació otra: más expuesta, más honda, mucho más sincera, también más peligrosa.