Cinta de casete de Beatles for Sale junto a su carátula de Parlophone.

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Hoy, con sesenta y cinco años bien llevados, resulta inevitable que a veces el pasado sacuda la memoria con la fuerza de un viejo acorde. Cierro los ojos y, por un instante, regreso a aquel viaje de fin de curso de la EGB. Tenía quince años, la inocencia a flor de piel y el mundo entero por descubrir a bordo de un autobús abarrotado de risas preadolescentes, complicidades y la atenta mirada de algunos maestros que intentaban poner orden en el caos de la juventud.

Aquel destino nos llevó a Madrid y sus alrededores, obligándonos a devorar kilómetros durante interminables noches de madrugada (o eso era lo que nos parecía). Mientras el chófer cumplía con su labor al volante, el autobús se sumergía en una atmósfera soporífera y mágica a partes iguales.

Nosotros dormitábamos apoyados en la ventanilla, susurrábamos secretos con nuestro mejor amigo o intentábamos, con más ilusión que acierto, flirtear tímidamente con las compañeras de clase.

Para amenizar aquellas horas oscuras, el conductor ponía banda sonora al trayecto a base de cintas de cassette de Antonio Molina o Lola Flores. Un repertorio que, a nuestra edad y con las revoluciones propias de la adolescencia, nos tragábamos con paciencia resignada, hasta que, en una parada técnica de descanso, la audacia de uno de los compañeros obró el milagro: se atrevió a acercarse al conductor para pedirle algo más acorde a nuestros gustos.

Rebuscando en aquella montaña de cintas, no había nada de “música moderna”, pero apareció una cajetilla donde cuatro muchachos de cabello algo más largo de lo habitual nos miraban con curiosidad. Era el “Beatles For Sale”. Aunque el álbum se había editado muchos años antes, en aquella España de los setenta viajábamos con un entrañable retraso respecto a Europa, lo cual no hizo sino dotar al hallazgo de un aura de descubrimiento iniciático.

Bastó una sola audición para que quedáramos completamente hechizados. Sin más alternativas musicales en el horizonte —salvo regresar al falsete de Antonio Molina—, la generosidad del conductor hizo el resto: darle la vuelta a la cinta. Cara A, cara B; de nuevo cara A y otra vez cara B, en un bucle hipnótico que nos acompañó durante horas de oscuridad y asfalto.

Con aquellas canciones sonando de fondo, la vida en el autobús siguió su curso natural. Dormitábamos en los tramos más largos, reíamos con el amigo inseparable y tejíamos complicidades con las niñas que, en no pocos casos, terminaron por convertirse en nuestras primeras parejas formales.

Aquella chispa encendida en la carretera marcó a fuego mi trayectoria musical básica. Con los años, los caminos de la vida me han llevado a explorar muy otros estilos y hace ya mucho tiempo que no frecuento a los Beatles en mi día a día; sin embargo, comprendo que ellos fueron la base de todo, el germen donde aprendí a entender y sentir la música de verdad.

Hoy, el tiempo ha borrado de mi memoria los detalles de los museos madrileños o las piedras de Segovia que supuestamente fuimos a estudiar. Sin embargo, basta con que suene casualmente un tema como «No Reply» o «I'm a Loser» para que el presente se desvanezca. De golpe, vuelvo a ver las caras medio borradas de aquellos amigos —algunos de los cuales ya emprendieron otro viaje definitivo— y el rostro de mi primer amor adolescente. Entiendo entonces que los monumentos se erosionan y las ciudades cambian, como nosotros, pero la música verdadera permanece intacta, convirtiéndose para siempre en la banda sonora de una vida.