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Una persona baila a solas en casa, a contraluz frente al televisor, con una guitarra al lado.
Fotografía ilustrativa: Rafael Leão / Unsplash.

Mierda.

Ruido Necesario.

Ya me toca. Cómo enfrentarme al abismo de escribir sobre música, yo, Damián Manzano, ni redactor, ni crítico ni DJ.

Conocimientos musicales no tengo y menos cuando me peso en la balanza con cualquiera de ellos. Pero a pesar de mi ignorancia puedo sentir tanto o más que cualquier persona cuando unas notas empiezan a sonar, por muy melómano que sea. Cuando cocino en la soledad de mi piso y pongo un tema, se me altera la sangre y danzo al ritmo frenético de infinidad de grupos, y ahí, ahí soy feliz. Ahí no me considero inferior a cualquier erudito, por muchos nombres de guitarras o productores que yo desconozca.

Ahora, ¿sobre qué escribir?

¿Qué me taladra ahora la cabeza, quién/es?

El Columpio Asesino.

Joder, «Huir».

Me eriza la piel desde el momento en que mis dos únicas neuronas hacen masa. Aurícula y ventrículo bombeando sangre. No hay vuelta atrás, ya nada será igual.

No sé a qué se refieren «Álbaro (escrito con “b”) y Cristina». Mi interpretación, de alguien de letras con tendencia a idealizar escenarios:

«Tuvimos algo, algo grande para mí, pero lo rompiste aunque yo sigo aquí. Poco a poco me adapté, deseché tu presencia de mi lado, ya no es lo que fue, no soy quien era.

Regresas buscando algo, algo que me dolerá y a lo que no podría renunciar, pero por suerte aprendí, pasé página.

Conozco tus trucos: ¿flores? ¿Estás casado? ¿Vuelves? Acepta tu condición, te conozco.

¿Qué crees que encontrarás aquí? Ya no. (O sí).

Sé por dónde vienes, ya no te quedan puertas que tocar, la mía se ha cerrado aunque, si me doy distancia podría disfrutarlo. Pero no me compensa, ¿o sí?

Que te den, no trates de utilizarme o ¿podría hacerlo yo contigo?».

Líneas ochenteras para plantearse si merece la pena que alguien tenga poder sobre tu vida. ¿O quizá es momento de el déspota ser tú?

Cuando las letras significaban algo.