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Hay bandas que forman parte de tu vida. Cuando supe que The Silencers se embarcaban en una gira extensa por España con parada en el sur, se me encendió algo que tenía aletargado desde los ochenta. En aquellos años fueron una de mis bandas de cabecera y su debut, A Letter From St. Paul (1987), giró hasta desgastar la aguja de mi tocadiscos. Como todos, bailé Painted Moon hasta la extenuación en Club de Playa - Almerimar y cada discoteca que se preciara.
Confieso que iba con el freno de mano puesto. El tiempo no pasa en balde y de aquella formación gloriosa solo queda Jimme O'Neill. Su escudero, el enorme guitarrista Cha Burns, nos dejó en 2007, con solo 50 años, víctima de un cáncer de pulmón. Yo los había visto por última vez hace más de 35 años, en Granada, en el Estadio de la Juventud. ¿Qué iba a encontrarme ahora? Dudé. Pero pudo más el amor a esas canciones que la prudencia.
Allí nos plantamos, el Gallo y yo, carretera y manta hasta Málaga.
Un inicio en falso
Puntualidad británica: 21:00 en punto y arranca Painted Moon. Siempre he defendido que abrir con tu hit más emblemático es un error de manual: el público aún no ha entrado en calor y el técnico todavía está peleando con la sala. Donde manda patrón no manda marinero, y mal empezamos. Sonido embarrado, la voz de Jimme forzada, intentando alcanzar tonos que ya no están donde estaban, y unos coros de Aura —su hija— descolocados.
Y no era solo el sonido. La nueva formación me generaba cierto recelo por lo del parentesco: Jimme O'Neill a la voz, guitarra y armónica; sus hijos Aura O'Neill (voz y coros) y Conor O'Neill (guitarra); Stephen Greer al bajo y Baptiste Brondy a la batería. Un clan.
Siguieron I See Red y Answer Me sin levantar el vuelo. Me sorprendí pensando lo que nadie quiere pensar a mitad de un concierto: “Me habría quedado en casa escuchando los vinilos y me habría ahorrado cuatro horas de coche, el cansancio y el sueño”.
La remontada
Pero La Trinchera tiene algo. Es, sin exagerar, una de las salas con mejor sonido de Andalucía, y poco a poco la mesa empezó a respirar. Jimme, inteligente, viró el repertorio hacia su vertiente más folk, más celta, más suya. Ahí sí. Ahí su voz —curtida, más grave, con ese rastro de bourbon y carretera— empezó a encontrar su sitio. Y Aura también.
Cayeron entonces, encadenadas y sin piedad, 67 Overdrive, Sunnyside, Scottish Rain y una preciosa y afilada Razor Blades of Love. Para cuando quise darme cuenta había pasado hora y media. Éramos pocos, entre 100 y 150 almas, pero ya éramos una sola. El Gallo y yo nos miramos con esa complicidad que solo da un concierto que se está salvando a sí mismo: “Oye, que esto al final sí es un concierto como Dios manda”.
El trance final
El último tercio fue otra historia. Jimme se quitó de encima el peso de la chaqueta y se puso a disfrutar. Nos empujó a todos a bailar con I Want You, nos hizo corear a pleno pulmón ese himno inmortal que es Bulletproof Heart y nos devolvió a 1987 con The Real McCoy, de aquel primer álbum que tanto significó. La bailé como entonces, como si no hubieran pasado 35 años.
El cierre con I Can Feel It y un bis rápido fue catártico. Jimme lo dio todo: bailó, se dobló sobre la armónica, se dejó la garganta. Había entrega.
Y ahí entendí la formación familiar. No era un clan, era trinchera. Me sentí, literalmente, como en familia, como si por una noche todos fuéramos un poco O’Neill.
Volvimos a casa. Otras dos horas de coche, de noche cerrada. Cansados, sí. Pero con esa rara sensación que solo te deja un buen concierto: la de que ha valido la pena.
Dedicatoria / Coda
Esta crónica quiere volver a junio de 1991.
Al público que estuvimos aquella noche en el Estadio de la Juventud de Granada viendo a The Silencers. Mención especial a Eloy, que no pudo venir a Málaga y tenía que haber estado.
Y a nuestro particular BlaBlaCar de la época: el Seat 132 marrón de Iñaki e Isa. En él nos apretamos Iñaki, Isa, Ainhoa en su capazo, el Gallo y yo, camino del concierto. Cómo añoro aquellos viajes sin GPS y sin prisa.
Y por supuesto, a Carmela. Mi compañera de clase, nuestra amiga, y arcángel de la guarda. La que siempre nos rescataba de nuestras diabluras, asombrándose por nuestras pintas, y que aquella noche tuvo la generosidad infinita de quedarse unas horas con Ainhoa y su capazo para que nosotros pudiéramos ver a The Silencers.
Sin todos vosotros, nada habría sido lo mismo.
SETLIST DESTACADO: Painted Moon / I See Red / Answer Me / 67 Overdrive / Sunnyside / Scottish Rain / Razor Blades of Love / I Want You / Bulletproof Heart / The Real McCoy / I Can Feel It