Suede llegaban a Murcia después de dos conciertos consecutivos esa misma semana, primero en el Cruïlla de Barcelona el jueves y después sobre el escenario flotante de Pirineos Sur, el viernes. Con solo un día de descanso (ejem, viajando) cabía pensar que Brett Anderson aparecería domesticado y pensando en administrar fuerzas. Ocurrió exactamente lo contrario.

El concierto comenzó unos veinte minutos después de la hora prevista. Las cerca de 1.500 personas reunidas en Mamba Garden esperábamos tranquilos, sin excesivo nerviosismo, como narcotizados por el soporífero calor de una noche de verano murciana nivel premium. La terraza estaba muy bien montada, decorada con cierto aire caribeño, con todo tipo de barras y el espacio suficiente para no sentirse encerrado, una especie de microoasis rodeado del ritmo y el skyline de una gran ciudad. El calor, sin embargo, alteraba cualquier percepción de la realidad: no estábamos apretados, pero esas 1.500 personas parecíamos 5.000 respirando dentro del mismo vaso.

El público era mayoritariamente de cuarenta años en adelante. Gente que había ido expresamente a ver a Suede y que sabía que conseguir primera fila ese día, con esa banda, tenía un precio en energía demasiado elevado. Desde las seis de la tarde ya había pequeños grupos apostados en la puerta para un concierto anunciado a las nueve y media; esperar tres horas con ese clima te puntúa para cualquier Ironman. Aun así, era un concierto propio, sin el típico espectador festivalero esperando al siguiente artista, y eso se notó bastante en la atención, en el roce de colegueo, en el respeto y emoción durante los pasajes más lentos y en la facilidad con la que toda la terraza se entregaba al karaoke cuando Anderson marcaba la señal. Es curioso, cuando todos vamos a una el flowerpower rezuma en el ambiente y hasta se ofrecen cigarrillos.

Brett Anderson cantando bajo los focos en Mamba Garden

Desde el primer minuto, la noche, la banda y las estrellas se organizaron alrededor de Brett. Abrieron con Disintegrate y la camisa, aflojada por el sudor, comenzó a arrugarse contra su piel, dándole el aspecto de una iguana, de lagarto asalvajado con piel húmeda y brillante. Corría, saltaba, se arrodillaba, trepaba a los monitores y desaparecía entre las primeras filas con el micro empuñado, avanzando como un mesías entre fieles entregados, incrédulos de tanta felicidad, móvil en mano.

Anderson no se limita a cantar las canciones. Las saca de dentro, las va canalizando por sus arterias para brotar de sus labios en un sonido interpretado con todo el cuerpo. Cada movimiento ligado a una palabra, cada expresión ligada a una entonación, a un golpe de batería, a una inflexión de la melodía, a un riff que se clava en la canción. En los temas rápidos funciona como una mecha encendida; en los pausados se encoge, se retuerce y se lamenta convirtiendo la quietud en dramatismo y emoción. Es por esta forma de interpretar que el concierto no perdía intensidad cuando el ritmo entraba en modo slow: Suede cambiaban electricidad por tensión, velocidad por desgarro, pero la presión emotiva seguía siendo la de una apisonadora martilleando los sentidos.

La banda sostenía todo aquello con mucha más calma. Mat Osman permanecía taimado, atento, trabajando desde el bajo sin disputarle espacio al cantante y con algún que otro amago de acelerón. Richard Oakes, el muñeco de cera intocable: pulcro, inmóvil y preciso, observando cómo Brett iba deshilachándose jirón a jirón. El contraste fue aumentando con el paso de las canciones. Oakes parecía recién salido del camerino; Anderson, como si hubiese cruzado el concierto a nado.

Mat Osman tocando el bajo durante el concierto de Suede en Murcia

El sonido acompañó bien, sin llegar a ser impecable. Desde la zona delantera se escuchaba con volumen, claridad e intensidad suficientes para que las guitarras tuvieran peso y la voz atravesara la mezcla con nitidez. Un notable sólido.

Algo que me sorprendió gratamente: la convivencia entre el repertorio clásico y las "nuevas" canciones, repartidas y equilibradas en el setlist. Los temas nuevos se defendían con energía propia y entraban en el set sin alterar el pulso de la noche. Trash, Animal Nitrate o The Drowners conservaban el reconocimiento inmediato y la carga emocional acumulada durante años; June Rain o Dancing with the Europeans aportaban sorpresa, riesgo y la sensación de que todavía podían pasar cosas que el público no llevaba en la chuleta. Ese equilibrio dice bastante de la situación actual de Suede: el presente puede mirar cara a cara al pasado, y en directo ambas épocas se alimentan, se fusionan y se multiplican. El resultado fue un repertorio sólido, contundente y demoledor que, junto a la entrega de Brett, dejó la sensación de estar en uno de esos pocos directos al año verdaderamente emocionantes.

Neil Codling durante la actuación de Suede en Mamba Garden

El apartado visual fue correcto, acompañando con eficacia, sin destacar demasiado ni reclamar atención. En ningún instante las pantallas obligaban a dejar de mirar a la banda. Puede ser una limitación del montaje, o una virtud. Aquella noche, con Anderson recorriendo cada centímetro del escenario, competir con él habría sido una torpeza y una batalla absolutamente perdida. Es doloroso imaginar lo que los espectadores del fondo estaban perdiendo; personalmente considero que la diferencia en un show como el de ayer entre estar delante o estar detrás supone haber asistido a dos directos diferentes, pero claro, no todos podemos estar delante y esta vez no había pantallas para mostrar siquiera un sucedáneo de la salvajada que estaba ocurriendo allí en la olla, en el frente, en el paraíso.

Simon Gilbert a la batería durante el concierto de Suede

Y ya, si eres fotógrafo, un buen consejo: si vas a cubrir un concierto de Suede, lleva un buen puñado de tarjetas y gordas. Brett se las va a comer enteras.

El tramo final fue una sucesión criminal —So Young, Metal Mickey, Beautiful Ones y, en el bis, Saturday Night— que encontró a la terraza completamente entregada y a la banda todavía empujando con energía, y es que nadie parecía querer que terminara aquella noche. Nadie, salvo el maltratado micrófono de Brett Anderson, que después de golpes, tirones y vuelos rasantes ya había dado bastante y estaba deseando pillar el estuche.